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FERNANDO RENES
Fernando Renes @ Centro de Arte Caja Burgos (English/Spanish)
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| Essays & Press
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The drawings Fernando Renes (Covarrubias, Burgos, 1970) creates are exorcisms of his own demons, antidotes against anxiety, fears and obsessions, accurate expressions of the courses the mind and spirit may take, straying from mere reason. The exhibition currently staged at the c, De Covarrubias a Nueva York (From Covarrubias to New York), presents simply masterful watercolours, depicting images that range from an elderly young girl to a bulimic attack that the artist uses to repel the nostalgic attack he feels as an emigrant in New York; a blanket of human muscles spread out on a bed, covering a child-foetus (Máquina esquizofrénica [Schizophrenic Machine], 2003); a cake wrapper transformed into something organic -scored by a heart and the human circulatory system-, or a bar of chocolate seen as an oasis where one can rest from sadness and compulsions. Almost all these drawings contain a certain amount of enigma and humour. Without eluding the burlesque, there is also room for learned quotes or reflections on the art world. For example, he reproduces a t-shirt bearing the motif of Duchamp's posthumous work Etant Donnés (the woman whose body appears, laying between some rocks, with a shaded landscape in the background), alongside the motto "I love Hiking." The secrecy and voyeuristic incitement of Duchamp's work become trivial exhibitionism; art lovers are compared to hikers. Does this refer to merchandising in museums and cultural tourism? Some of Renes' videoanimations are also on show at the exhibition. In Todo importa (Everything Matters, 2001), two streams, like waterfalls, go from blue to red and from red to blue -the reference to Heraclitus illustrates how the constant flow of things (water) merges with that of each individual (blood)-, whilst signs appear one after the other: "Everything matters," "everything changes," "everything goes," "everything tires," a sceptical conclusion. ·
Translation from the spanish: Laura F Farhall Los dibujos de Fernando Renes (Covarrubias, Burgos, 1970) son exorcismos de sus propios demonios, antídotos contra la ansiedad, los miedos y las obsesiones, expresiones certeras de los derroteros que la mente y el espíritu pueden tomar, extraviándose de la mera razón. En la exposición que ahora presenta en el cAB, De Covarrubias a Nueva York, encontramos representados a la acuarela, con sencilla maestría, desde una niña vieja hasta un ataque de bulimia que sirve al artista para repeler el ataque de nostalgia que sufre como emigrante en Nueva York, pasando por una manta de músculos humanos que se extiende sobre una cama, bajo la cual reposa un niño-feto (Máquina esquizofrénica, 2003); un envoltorio de tarta convertido en algo orgánico -surcado por un corazón y el sistema circulatorio humano-, o una tableta de chocolate como oasis en el que se puede descansar de penas y compulsiones. Casi todos los dibujos poseen enigma y humor. Sin eludir la burla, también caben la cita culta o la reflexión sobre el mundo de! arte. Por ejemplo, reproduce una camiseta con el motivo de la obra póstuma de Duchamp Etant Donnés (la mujer cuyo cuerpo asoma, tumbado, entre unas rocas, con una paisaje difuminado al fondo), añadiendo la leyenda "Amo hacer senderismo". El secreto y la incitación voyeur de la pieza de Duchamp devienen exhibicionismo trivial; el aficionado al arte se equipara con el aficionado al senderismo, ¿alusión al merchandising de los museos y al turismo cultural? En la muestra podemos ver también algunas videoanimaciones de Renes, de aspecto muy artesanal. En Todo importa (2001), dos corrientes de agua, como cascadas, pasan del azul al rojo y de! rojo al azul -la referencia a Heráclito sirve para ilustrar cómo el fluir constante de las cosas (el agua) se intercambia con el de cada individuo (la sangre)-, mientras los rótulos se suceden: "Todo importa", "todo cambia", "todo pasa", "todo cansa", una conclusión de lo más escéptica. Fernando Renes @ Centro de Arte Caja Burgos (Spanish) Carioca By Rafael Doctor Roncero Published in Fernando Renes:De Covarrubia a Nueva York, page 6-13 Published by: Centro De Arte Caja De Burgos To order a catalog go to: www.cabdeburgos.com Como casi todos los veranos de mi infancia, la primera quincena de aquel agosto se desarrolló en un campamento. Mis padres, que por entonces no podían permitirse el lujo de llevar a tanta recua de críos a la playa, descubrieron este chollo que les permitía descansar de nosotros al menos quince días. Javi, Raúl y yo, por ser de edades muy similares, partíamos juntos. Mis tres hermanas, algo mayores, solían ir también en panda. Aquel año, creo estar hablando del ochenta y dos u ochenta y tres, lo pasamos en el lago de Sanabria, entre Zamora y Galicia. El campamento tenía lugar en una antigua hospedería cercana a un manantial de aguas sulfurosas que antaño se consideraban medicinales para un largo etcétera de dolencias intestinales. Por lo que fuera, hace mucho tiempo fue abandonado y ahora, tras una mínima restauración volvía a ofrecer prestaciones a clientes que, si bien no portaban este tipo de enfermedades, si hacían posible que sus padres pudiesen reponer energías para que, en al menos un año, no sucumbiesen a problemas gástricos o de otra índole. Allí, en plena naturaleza, rodeados de robles y pinos y al borde de un lago de aguas cristalinas, mis hermanos y yo pasamos uno más de los episódicos campamentos de los que está plagada nuestra infancia. Recordar cada edición nunca es repasar las actividades que le acompañaban que, a decir verdad, casi siempre eran las mismas con pequeñas variaciones acopladas al lugar. Recordar un campamento cualquiera es recordar a los compañeros de ese año. Para otros eso no era lo más importante, pero para mis hermanos y para mí siempre fue el motivo principal por el que accedíamos a pasar parte de nuestros veranos fuera de casa. La Ermita, nuestro pueblo, apenas tiene cuatrocientos habitantes, de los cuales la mayor parte son personas mayores. Así, la proporción de niños siempre es reducida. Nosotros, si de algo estábamos ávidos no era de naturaleza, ya que vivíamos prácticamente inmersos en ella; nosotros ansiábamos conocer a nuevos chicos, queríamos nuevos amigos de lugares como Madrid, Barcelona, Zaragoza,... de cualquier sitio que nos confrontase lo que podíamos saber por el cole o por la tele con la realidad. Aún conservo en casa de mis padres el mapa de España que entonces presidía el dormitorio y donde transformados en chinchetas aparecían diseminados los amigos que había ido realizando en mi vida de campamentos estivales. Ese año, además de la chincheta de Almería, Burgos, Alicante y algunas más de Madrid, la más importante fue la que situé en l´Hospitalet de Llobregat. Oriol, desde entonces sigue siendo, entre otras cosas, un punto azul clavado al ladito de Barcelona. A un chico de pueblo es fácil seducirlo con cualquier cosa. Lo que si es cierto es que por esa misma ingenuidad que genera el aislamiento también es difícil engañarlo. Oriol y yo congeniamos desde el principio. Recuerdo que la primera tarde de campamento, en el tiempo que los monitores nos dejaron libre, me subí en un pispás a lo más alto de un viejo olmo seco que había cerca de la hospedería. Me imagino que lo hice para hacerme notar. Mis hermanos me gritaban desde abajo amenazando con llamar a mis padres. Los monitores acudieron rápidamente y cómo no podían ni sabían trepar intentaron calmarme tratándome como a un loco que se quisiese suicidar. Yo, que a través de ese acto había realizado una exhaustiva declaración de principios para los siguientes quince días, bajé en un periquete y me excusé diciendo que había un gato pequeño que no podía bajar y que finalmente se había ido por el tejado. No coló y pasé el primer día arrestado dentro, junto a la cocinera, una chica gordita que me hacía contar una y otra vez la peripecia a la vez que bautizaba con punzantes motes a cada uno de los educadores de ese año. Del rey de las ramas pasé a ser el rey de las cacerolas. Mientras soportaba el castigo con mi culinaria amiga, recuerdo perfectamente como apareció Oriol: abrió la puerta, dijo hola y al instante estiró la mano para regalarme un dibujo que había hecho en un folio en el que aparecía yo subido en un árbol riéndome mientras los demás, diminutos, me contemplaban desde abajo. En un lateral, tan grande como yo, Oriol se había pintado sonriendo también. Con los años he aprendido que la generosidad es un don muy escaso entre los críos. El instinto de supervivencia les hace pensar que deben acumular todo y que lo suyo es suyo y de nadie más. De la misma forma, con los años he comprobado que ser agradecido es uno de los más bellos gestos que un ser puede dispensar a otro. Así, y reconociendo que para aquel chaval yo había hecho algo heroico, lo invité a que se quedase conmigo aquel día en la cocina. Como era imposible porque no estaba castigado, la cocinera, que hoy día estará por lo menos en la Sierra Lacandona, le sugirió que se hiciese castigar. Dicho y hecho. A la media hora y tras cortar con unas tijeras media trenza de una de las chicas, Oriol estaba castigado en la cocina con un block y con la caja de rotuladores más grande que yo jamás antes había visto. Eli, ahora recuerdo el nombre de la cocinera, premió a mi amigo con un beso que retumbó con lo que reconocía la valentía para pertenecer a la pequeña panda que en aquel campamento acabábamos de formar. No sé como nos las apañamos, pero la mayor parte del tiempo Oriol y yo estuvimos juntos y pusimos base a una amistad que hoy, más de veinte años después, aún perdura. Su block y, sobre todo, sus cuarenta y ocho rotuladores de colores fueron el lugar de encuentro, con el consiguiente encanto de saber que no solo me pasaba el día pintando con el chico que tenía la caja de rotuladores más grande del mundo, sino con el aliciente aún mayor de contar que su padre era el dueño de la fábrica Carioca, la más importante fábrica de rotuladores del país. Al principio, cuando me lo dijo, pensé que bromeaba, pero lo creí firmemente cuando me contó varias historias de la fabricación y, sobre todo, cuando me enseñó una foto en la que aparecía él dentro de un gran almacén con miles y miles de rotuladores de colores. Para un chaval con poco mundo como yo, Oriol era algo así como tener un amigo príncipe o como si hubiese conocido a los mismísimos Parchís. Sí, tengo que reconocer que, por el complejo de inferioridad implícito al hecho de vivir en un sitio donde no pasa nada y donde todo se ve por reflejos, el tener como amigo al dueño de Carioca era poseer un verdadero tesoro. De todas formas, el exceso de celo con el que fui educado no me hacía que bajara la guardia y sí él tenía todos los rotus del mundo yo podía subir al árbol que me propusiese. Me imagino que el se fascinó del salvaje que yo era de la misma forma que yo me prendé de lo urbano y real carioca que podía ser. Pintamos mucho aquellos días. Sin darnos cuenta competíamos por construir historias a cual más fascinante. Predominaban las de extraterrestres y las de superhéroes que venían a destruir el campamento. Pero nuestra obra maestra fue el cuaderno que a escondidas pintábamos ridiculizando a los monitores y al resto de chicos y chicas. Se trataba de un cuaderno secreto en el que estaban retratados todos los del campamento tal y como nosotros los veíamos. Le llamábamos "El Cuaderno de la Cocina" ya que Eli era nuestra confidente y la que lo guardaba celosamente, al mismo tiempo que nos alentaba en su confección. Si nos llegan a pillar nos hubiesen echado, pues algunos dibujos eran un tanto crueles. Recuerdo como los atributos sexuales aparecían siempre exagerados y los defectos de cada uno de los representados se distorsionaban hasta la absoluta ridiculización del personaje. El director, como era un poco cojo, aparecía solo con una pierna y un zapato pegado junto al estómago. Un chaval que era muy afeminado aparecía pintado con un traje de novia y otro que era tartamudo estaba pintado por trozos. Incluso dibujamos a mis hermanos, aunque ahí no nos pasamos mucho. Al final, nosotros nos pintamos guapísimos y en la cubierta mucho más guapa, la gordita de Eli, a la que adelgazamos en dos trazos y a la que acabamos regalándole el cuaderno. El caso es que el verano pasó y nosotros nos prometimos escribirnos y mandarnos dibujos. La correspondencia, al principio, fue tan copiosa que mi madre me dio un toque por el gasto en sellos tan alto al que me había acostumbrado. Me pasaba el día pensando qué era lo que le podía pintar. Cada vez los dibujos eran más complejos. En general, se puede decir que fui capaz de retratar todo mi mundo en aquellos papeles que espero que aún conserve Oriol. Llegó el siguiente verano y yo esta vez fui al Penedés. Oriol por entonces se había ido a Disneylandia. Sin embargo, antes de empezar las clases, ya en septiembre, mi amigo apareció en mi pueblo con su padre. Nunca he tenido una sensación similar de alegría. A los pocos meses, en las vacaciones de Navidad, mi madre aprovechó el viaje de una prima suya y me mandó hacia L´hospitalet de Llobregat, donde fui el huésped de la familia de mi amigo. Conocí su grandísimo pueblo y la fábrica. Su padre se hizo desde un primer momento muy amigo mío y no paraba de inventar planes para que mis vacaciones fuesen las mejores. Al final, fui uno más de la familia. En esa casa se hablaba mucho más que en la mía. Como Oriol no tenía hermanos, su presencia en la mesa era importante y no se veía interrumpida por un constante griterío de llamadas de atención. De esta forma, el padre llegaba a la mesa y contaba todo lo que pasaba en el trabajo y Oriol y la madre comentaban lo que creían preciso. Así es como empieza esta historia, con un comentario que el padre realizó a cerca de los problemas que en esos momentos atravesaba la empresa: -Algo falla: tenemos un tope que es imposible rebasar. Mientras los libros se siguen vendiendo durante toda la vida, los lápices de colores desaparecen del consumo a partir de los trece o catorce años. En la escuela los chavales aprenden a leer, a escribir y a pintar. Después siguen leyendo y escribiendo pero no siguen pintando. Si esta línea de ruptura se llegase a desbloquear nuestra expansión sería un hecho. De no ser así, siempre seremos una empresa con un límite marcado. -Papá ¿Te imaginas al presidente del gobierno pintando con rotuladores en su tiempo libre? Lo podéis contratar para hacer una campaña de publicidad y así la gente pensará que es algo que se puede hacer. -No, cariño, como todo, se debe estudiar despacio. Si la gente sigue escribiendo y leyendo y no pintando será porque por alguna causa pierde el interés por ello. -Sí, pero si lo piensas bien, si das un libro o unos colores con un cuaderno a un crío, éste prefiere pintar antes que leer. Además pintando crea un mundo propio y leyendo solo reconstruye uno ya inventado. Yo no me lo podía creer. Invitado a la mansión de los Carioca y formando parte de una discusión en la que se planteaba el futuro de la empresa. Ante estas situaciones mi opción es siempre subirme a un árbol, así que intervine. -Si dicen que a los trece o catorce años se pierde el hábito de pintar, se puede decir que Oriol y yo estamos perdiéndolo. Si quieren pueden observarnos. Se quedaron callados pues creo que di en la diana, porque el padre me miró y me dijo: -Claro, que tontos somos. Si tenemos un auténtico laboratorio en casa. Como la rama no se tronchaba, subí otra más. -Además esto no es un problema solo de Carioca. Me imagino que a las otras marcas de pinturas les pasa los mismo ¿no? Ahora sí que sí. Con la sola intención de intervenir contando algo que yo veía lógico, el padre de Oriol formuló toda una estrategia para planificar una salida al endémico estancamiento en el que se encontraba ese sector industrial. A Oriol y a mi no nos investigaron. Cuando su padre dijo lo del laboratorio yo me imaginé que nos iban a poner electrodos para ver que sentíamos cuando pintábamos. Menos mal que no fue así. Eso no me hubiese gustado nada. Sin embargo, a los pocos meses se convocó una reunión importante en Barcelona en la que junto al padre de Oriol, el presidente de Carioca, estaban el dueño de los lápices Alpino, el de las gomas Milán, los de los pinceles y tintas Pelicán, el de las acuarelas Vallejo, la dueña de las ceras Manley, el de la plastelina Jovi e incluso los dueños del pegamento Imedio. Aquello realmente podría cambiar el mundo. Nunca antes se habían reunido los que controlaban la mitad de los sueños de los niños de aquel país para discutir las cuestiones del sector. Por razones obvias, mi papel en la casa de los Carioca fue siempre respetado. De una forma natural, me acostumbré a pasar con ellos casi todas mis vacaciones. Hacía como de hermano de mi amigo y ambas familias estaban encantadas. Todos salimos ganando. Yo estaba en mi casa todo el año y las vacaciones tanto de verano, Semana Santa o Navidad las podía pasar con ellos. Yo era de los Carioca y eso me hacía estar al tanto de la situación de la empresa. Oriol y yo nos reíamos de lo que estaba ocurriendo, al mismo tiempo que no queríamos perder el control de la marcha de todo aquel asunto. A todo esto, mientras las negociaciones se sucedían, nuestros dibujos quedaron un tanto de lado, ya que había ciertas cuestiones que teníamos que resolver antes; demasiadas cosas que empezaban por el enamoramiento que él sentía por su prima Sandra, los discos de Mecano, la cazadora vaquera y los comics y sobre todo la caja X que guardaba en su cuarto en la que convivían revistas porno, un tampón de Sandra, dos condones de su padre, unas cartas de pocker con muchas tetas,... bueno, el mundo estaba tomando forma poco a poco y empezaban a existir muchos elementos y formas nuevas. Pero lo que pretendo contar no es tanto nuestro devenir sino lo que en aquella reunión de grandes ocurrió. No tengo ni que decir que ni mi amigo, el futuro heredero de Carioca, ni yo estábamos invitados. No obstante, no nos fue difícil acceder a las cintas magnetoscópicas grabadas en la reunión de las que aún conservo una copia y de las que me atrevo a resumir y transcribir al mismo tiempo. La reunión tuvo lugar en el salón principal del Hotel Regina el veinte de mayo de 1985. Los representantes de las marcas se sentaron en torno a una gran mesa circular. El padre de Oriol dio la bienvenida y expuso de forma contundente la problemática de expansión de su empresa a través de los argumentos ya comentados. Cada uno de los asistentes corroboró con pequeños matices la preocupación de Carioca, a la vez que aportaban sus, también estancados, datos de crecimiento empresarial. La reunión parecía un sumidero de llantos hasta que el señor Jovi propuso pasar a buscar soluciones. Imedio - El problema está en la educación. Nosotros no dejamos de ofrecer herramientas para fomentar la creatividad de los pequeños, pero a la vez que éstos van perdiendo su ingenuidad van desechándonos. Jovi- Sin embargo algunos se convierten en grandes artistas y pasan a utilizar otras herramientas que digamos son "más profesionales". Lo que nosotros ofrecemos solo puede ofrecer un, digamos, "arte menor". Nuestros productos no producen arte porque no están dignificados para tal. Alpino- Si, pero eso solo es una minoría. El problema no debe verse desde ese punto de vista. Veamos: si de pequeños todos los niños son artistas, llega un momento en el que dejan de serlo por diferentes motivos. Por una parte, hacer dibujos no les conduce a nada para el mundo pragmático que les espera. Por otra parte, a un chavalín se le dice siempre que sus dibujos son magníficos y tiene confianza en ese mundo a través de los aplausos que recibe constantemente. No es una cuestión de productos más o menos dignos. Vallejo - Sin embargo, cuando van creciendo, los dibujos dejan de cosechar tantos éxitos pues no han evolucionado como se esperaba. Alpino- ¿Quién esperaba? Vallejo- Sin duda toda la sociedad, empezando por los maestros y los padres. Los dibujos de los niños son una recreación intuitiva del mundo que los rodea. Los niños de una forma natural aprenden a interpretar su entorno a través de sus creaciones. Carioca- Ahí está el problema. Cuando los chavales comienzan a enfrentarse al mundo, empiezan a desprenderse de sus antiguas herramientas de control y conocimiento. Manley- Posiblemente ese es el curso natural de las cosas y los críos comienzan a excluir partes de sí para poder seguir avanzando. Carioca- Creo que el problema estriba ahí. ¿Por qué desechar cosas que no son obstáculo para seguir creciendo? Jovi- Mi querido amigo, tendríamos que dejar claro si esto está proyectado como una reunión empresarial o un debate de psicología infantil. Carioca- Es que las dos cosas son la misma para nosotros. Dependemos del conocimiento de la psicología para saber como poder crecer. Imedio- Pero entonces ¿Qué nos preocupa realmente, la creatividad de los críos o el desarrollo de nuestras empresas? Carioca- Ambas. ¿Por qué vamos a ver como algo negativo querer evolucionar empresarialmente y va a ser contraproducente estar preocupado por lo que frena nuestra expansión? Milán - Señoras y señores. Es maravilloso que nos hayamos reunido por primera vez diversas partes de un sector hasta ahora disperso. Podemos aprovechar esta reunión para planificar una estrategia seria que nos permita hablar más allá de nuestros propios pareceres. Propongo encargar entre todos un estudio serio que analice la situación. Tendríamos que contar con un grupo de sociólogos preparado que será financiado por todos nosotros. Cuando dicho informe esté elaborado lo estudiaríamos y nos volveríamos a reunir para poder planificar una verdadera estrategia conjuntamente. La reunión prosiguió pero, esencialmente, se habló de la propuesta del señor Milán. Al poco tiempo, se contrataron los servicios de un gabinete especialista de psicólogos y sociólogos que durante más de un año reunieron información a través de decenas de miles de encuestas y estudios de campo realizados en colegios y hogares de todo el país. El informe, de más de setecientas páginas, se presentó a cada una de las partes contratantes. Las conclusiones eran contundentes: 1- La creación plástica infantil es una práctica realizada por el 100% de los niños y niñas en edad escolar. 2- Las prácticas son dispares y aparecen delimitadas por sus categorías técnicas. 3- La realización de estas prácticas tiene lugar tanto en el centro escolar como en el ámbito doméstico, siendo en ambos casos apoyadas por los tutores o familiares. 4- Todos los planes didácticos estimulan el crecimiento de los menores a través de la práctica plástica mediante lo que se denomina como Pretecnología, Manualidades o Artes Manuales. 5- El hábito de la creación plástica infantil desaparece de una forma paulatina a partir de los doce años y en el 94% de los casos es inapreciable a partir de los 19 años. 6- Los chicos y chicas desde los doce años empiezan a tener un conocimiento primario de la Historia del Arte y comienzan a establecer enlaces entre sus propias creaciones y las de los grandes maestros de la Historia del Arte. 7- A través de las visitas a museos, que forman partes de los planes de estudios o de los hábitos del tiempo de ocio de sus familias, los chicos y chicas lejos de incentivar su propia creación empiezan a desarrollar consciente o inconscientemente cierto sentimiento de frustración. 8- Como consecuencia de la especialización de la asignatura en los planes de estudio de secundaria, la creación plástica definitivamente deja de convertirse en un acto placentero y pasa a ser un escollo más que superar. 9- Los resquicios creativos de la mayoría de los chicos y chicas a partir de la secundaria se encuentran en espacios no convencionales, como tapas de libros, cartas, cubiertas internas de cuadernos, papeles sueltos y solo en el 21% de los chicos y 16% de las chicas son capaces de mantener una actividad propia a través de cuadernos dedicados a estás prácticas. 10- A parte de las prácticas creativas plásticas dedicadas a comics, el resto de creaciones no suele producir un reconocimiento tácito por parte del resto de personas que conforman la comunidad del chico o chica. Cada uno de los empresarios lo leyó detenidamente. Las palabras que más se mencionaban eran frustración y complejo. A partir de ahí era difícil planear una estrategia. ¿Qué podrían hacer? En medio de todo aquel asunto, el Pegamento Imedio fue comprado por una multinacional holandesa y las gomas Milán empezaron a desarrollar otro tipo de uso de su material como fórmula expansiva. Los presidentes del resto de las empresas hablaron varias veces por teléfono y plantearon una reunión que por unos motivos u otros nunca tuvo lugar. Que yo sepa, ni desde el Ministerio ni desde ninguna otra parte se ha realizado nunca un estudio para ver que pasa con todo esto. La verdad es que, al fin y al cabo, la infancia pasa rápido y está siempre encaminada a desaparecer. Cuando alguien realiza dibujos en su tiempo libre, a no ser que sean académicos, de esos que se parecen a los de los museos, no se le toma muy en serio. El señor Carioca murió hace un par de años y dejó a mi amigo Oriol el control absoluto de toda la compañía de rotuladores. Su producción sigue dependiendo exclusivamente de la natalidad del país. Ahora, como hay más inmigrantes hay muchos más nenes en el colegio y la cosa parece que va mejor. No obstante, desde aquellos días del informe y sus decepcionantes resultados, nadie más, que yo sepa, ha vuelto a sacar a colación el porqué del abandono de pinturas, gomas y rotus. Rafael Doctor Roncero
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